Durante mucho tiempo, hablar de alfabetización fue casi sinónimo de enseñar a leer y escribir....
Más humanidades para un mundo con inteligencia artificial
Cada nuevo avance de la inteligencia artificial parece traer la misma pregunta: ¿qué tareas dejarán de hacer las personas? Una reciente nota de La Nación propone cambiar el foco de esa conversación. En lugar de preguntarnos únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, nos invita a pensar qué capacidades adquieren aún más valor precisamente porque la tecnología avanza.
La respuesta resulta especialmente relevante para quienes trabajamos en educación. Lejos de perder relevancia, las humanidades, las artes, la empatía y el pensamiento crítico aparecen hoy como competencias cada vez más necesarias. No porque compitan con la inteligencia artificial, sino porque desarrollan aquello que ninguna tecnología puede experimentar por sí sola: la complejidad de comprender a otras personas.
En la enseñanza de idiomas lo vemos todos los días. Aprender una lengua nunca consistió únicamente en memorizar vocabulario o dominar estructuras gramaticales. Comunicarse implica interpretar contextos, reconocer referencias culturales, comprender el humor, captar una ironía o incluso entender aquello que no se dice. Traducir, después de todo, nunca fue simplemente reemplazar unas palabras por otras. Por eso, incluso en un momento en que las herramientas automáticas son cada vez más precisas, siguen existiendo aspectos profundamente humanos de la comunicación.
La literatura ofrece otra perspectiva igualmente valiosa. Seguimos leyendo a Shakespeare no porque pertenezca al pasado, sino porque continúa ayudándonos a comprender el presente. Sus personajes aman, dudan, sienten miedo, experimentan culpa, buscan poder, se equivocan y vuelven a intentarlo. Gran parte de la vigencia de su obra reside precisamente en haber observado, con enorme sensibilidad, aquello que sigue definiendo la experiencia humana.
Leer ficción, entonces, va mucho más allá de mejorar la comprensión lectora. También significa aprender a mirar el mundo desde otras perspectivas, interpretar motivaciones, descubrir contradicciones y desarrollar una ampliar nuestra comprensión de la experiencia humana. Cada historia nos invita, de alguna manera, a vivir otras vidas sin dejar de habitar la propia.
Algo similar ocurre con las artes. Una pintura, una obra de teatro, una pieza musical o una película rara vez ofrecen una única interpretación posible. Nos invitan a observar con atención, formular preguntas, descubrir conexiones, expresar emociones y aceptar que distintas personas pueden construir sentidos diferentes a partir de una misma experiencia. En un contexto donde gran parte de la información está disponible de manera inmediata, esa capacidad de interpretar adquiere un valor cada vez mayor.

Lo mismo sucede con el pensamiento crítico. Hoy el desafío ya no consiste solamente en acceder a información, sino en analizarla, contrastarla, reconocer sesgos, evaluar fuentes y construir una mirada propia. Saber responder sigue siendo importante, pero saber preguntar y validar quizás lo sea aún más. Y esa habilidad se cultiva en aulas donde hay espacio para el diálogo, la reflexión y el intercambio de ideas.
Junto a esa capacidad aparece otra igual de indispensable: la empatía. Comprender un texto también implica comprender a quienes lo escriben, a los personajes que lo habitan y a las personas que lo leen. Escuchar otras voces, imaginar realidades diferentes de la propia y reconocer emociones ajenas forman parte de un aprendizaje que ninguna tecnología puede automatizar. Educar para la empatía significa, en definitiva, educar para convivir.
Tal vez ese sea uno de los grandes desafíos, y una de las mayores oportunidades, de la educación en los próximos años. No competir con la inteligencia artificial, sino hacer todavía más lugar para aquello que siempre distinguió a las humanidades. La literatura, el arte, las conversaciones, la reflexión y las preguntas no son un complemento del aprendizaje. Son los espacios donde aprendemos a interpretar el mundo y a relacionarnos con él.
Porque si las respuestas están cada vez más al alcance de un clic, quizás la misión de la escuela sea, más que nunca, ayudar a formular mejores preguntas. Cultivar la curiosidad, desarrollar una mirada crítica, alimentar la sensibilidad y formar personas capaces de comprender a otras personas.
Después de todo, enseñar nunca consistió solamente en transmitir información. Siempre fue —y probablemente siga siendo— una manera de acercarnos un poco más a lo que significa ser humanos.