Cuando sucede algo que nos sacude como comunidad educativa —como lo ocurrido recientemente en una escuela de San Cristóbal, que nos enfrentó a preguntas difíciles y nos atravesó con dolor e incertidumbre— aparece casi de inmediato una sensación difícil de esquivar: la de que algo, en algún momento, podría haberse visto antes.
Porque no siempre hay un hecho que irrumpe. A veces, lo que hay es algo más silencioso y sostenido en el tiempo.
El alumno que no interrumpe, que no llama la atención, que no genera conflictos. El que “está”, pero no termina de estar. El que cumple sin involucrarse. El que pasa desapercibido.
No molesta. Pero tampoco aprende.
Y en esa aparente calma, muchas veces, se esconden preguntas que no se formularon, vínculos que no se construyeron, procesos que no lograron desplegarse.
En una conversación reciente, surgió una imagen que ayuda a pensar este rol desde otro lugar: la de Virgilio.
En la Divina Comedia de Dante Alighieri, Virgilio es quien guía a Dante en su recorrido por el Infierno y el Purgatorio. No como alguien que impone un camino, sino como quien acompaña, orienta y ayuda a comprender lo que se atraviesa.
Pero quizás la definición más interesante no esté en la literatura, sino en una idea que retoma el físico Arthur Eddington: nuestro Virgilio no es quien sabe exactamente hacia dónde conducirnos, sino quien advierte hacia dónde corremos el riesgo de ir sin querer.
Y ahí aparece una pregunta que interpela directamente a la tarea docente: ¿estamos llamados a ser ese Virgilio?
No en el sentido de tener todas las respuestas. Tampoco en el de anticipar cada desenlace. Pero sí en el de estar lo suficientemente atentos como para percibir trayectorias, riesgos, desvíos posibles.
Educar no es un acto técnico. Es un acto de sentido. Es, en última instancia, un proyecto de humanidad.
Educamos para que los alumnos puedan moverse en el mundo con herramientas, con criterio, con una escala de valores que les permita elegir. Y en ese camino, quizás no podamos saber con certeza hacia dónde irán, qué decisiones tomarán o qué escenarios enfrentarán.
Pero, muchas veces, sí podemos intuir aquello que podría ponerlos en riesgo.
Esa intuición —que se construye con presencia, con vínculo, con escucha— no siempre es espectacular. No siempre se traduce en grandes intervenciones. A veces se juega en lo cotidiano: en una pregunta a tiempo, en una conversación, en un gesto que habilita.
Ser ese adulto que ve antes no implica controlar ni anticiparlo todo. Implica estar disponibles. Implica no conformarse con lo que “no molesta”. Implica animarse a mirar un poco más allá de la superficie.
Porque, en educación, muchas veces lo más importante no es lo que sucede de manera evidente, sino aquello que todavía está a tiempo de ser acompañado.
Y en ese acompañamiento, silencioso pero atento, también se construye lo esencial.