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Nuevas formas de analfabetismo: aprender a leer el mundo hoy

Escrito por Redacción | Feb 11, 2026 7:39:30 PM

 

Durante mucho tiempo, hablar de alfabetización fue casi sinónimo de enseñar a leer y escribir. Reconocer letras, decodificar palabras, comprender un texto escrito. Ese aprendizaje —fundamental e irremplazable— sigue siendo la base de todo. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, esa definición resulta insuficiente. Hoy, saber leer no alcanza si no podemos interpretar contextos, discursos, vínculos y realidades cada vez más complejas.

Un reciente artículo publicado en La Nación plantea una pregunta provocadora: ¿estamos perdiendo la capacidad de leer el mundo? No se refiere solo a la lectura de libros, sino a algo más amplio y, quizás, más urgente: la dificultad creciente para comprender situaciones sociales, matices emocionales, información mediada por algoritmos y textos que exigen atención sostenida y pensamiento crítico.

Leer imágenes, leer silencios, leer lo que no se dice

Leer no es únicamente decodificar palabras. Es también aprender a leer imágenes, silencios, gestos y ausencias. En este sentido, la obra de Anthony Browne ofrece una clave especialmente potente para pensar las alfabetizaciones contemporáneas. Sus libros álbum invitan a una lectura atenta y activa, donde las imágenes —cargadas de símbolos, referencias culturales y emociones sutiles— amplían, contradicen o complejizan el texto escrito, obligando al lector a construir sentido más allá de lo explícito.

Esta forma de lectura dialoga con la idea que atraviesa la obra de Jorge Luis Borges: que el significado no está dado de antemano, sino que se construye en el acto mismo de leer. Borges nos enseñó que leer es explorar múltiples caminos posibles, aceptar la ambigüedad y convivir con lo no dicho. Algo similar ocurre en los libros de Browne, donde los espacios vacíos, las miradas y los detalles aparentemente secundarios adquieren un peso narrativo central.

Italo Calvino, en The Written World and the Unwritten World, profundiza esta mirada al señalar que toda palabra escrita convive con un universo invisible: aquello que se sugiere, se imagina o permanece en silencio. Leer, entonces, implica aprender a moverse entre esos dos mundos. En un tiempo atravesado por imágenes, pantallas y mensajes fragmentados, no saber leer lo visual, lo implícito o lo simbólico constituye una nueva forma de analfabetismo. Por eso, formar lectores hoy es también enseñar a mirar, a detenerse y a escuchar lo que los textos —y las imágenes— dicen sin decir.

Del analfabetismo clásico a los nuevos analfabetismos

La alfabetización, entendida en un sentido amplio, incluye hoy dimensiones que antes no siempre se consideraban centrales. La UNESCO ya hablaba de alfabetización funcional: la capacidad de usar la lectura y la escritura para desenvolverse con criterio en la vida cotidiana, social y cultural.

En ese marco, aparecen nuevos desafíos. Por un lado, la dificultad para leer situaciones sociales: interpretar turnos de palabra, gestos, silencios, acuerdos implícitos. Por otro, lo que muchos autores llaman analfabetismo emocional: la incapacidad de reconocer tonos, intenciones o estados afectivos, algo clave para la convivencia y la empatía.

A esto se suma un tercer aspecto ineludible: el analfabetismo digital o algorítmico. Vivimos inmersos en plataformas que seleccionan, filtran y ordenan la información que recibimos. No comprender cómo funcionan estos mecanismos limita nuestra capacidad de leer críticamente el mundo que se nos presenta y de tomar decisiones informadas.

La lectura profunda como respuesta

Frente a este escenario, la lectura —especialmente la lectura profunda y sostenida— aparece como una herramienta poderosa. Leer literatura, ensayos, textos que no se agotan en un titular ni en una respuesta inmediata, entrena habilidades esenciales: la atención, la interpretación, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, la tolerancia a la ambigüedad y el pensamiento crítico.

Desde la educación, promover la lectura no es solo formar lectores competentes, sino personas capaces de comprender la complejidad de su entorno. Leer historias, discutirlas, relacionarlas con la experiencia propia y con otros saberes permite desarrollar una mirada más amplia y reflexiva.

Leer para comprender, leer para convivir

En KEL creemos que el desafío actual no es solo enseñar a leer mejor, sino volver a darle sentido a la lectura. Leer para comprender textos, sí, pero también para comprender realidades, vínculos y contextos. En un tiempo atravesado por la velocidad, la fragmentación y la sobreinformación, detenerse a leer es un acto profundamente formativo.

Tal vez, frente a las nuevas formas de analfabetismo, la pregunta no sea únicamente qué estamos dejando de leer, sino cómo estamos leyendo. Recuperar el valor de la palabra, del relato y de la conversación es, también, una forma de volver a aprender a leer el mundo.