“Mamá, ¿por qué hablás tan complicado? Eso se puede decir más fácil”.
Preguntas como esta o la observación, entre risas, de que poner puntos en los mensajes de WhatsApp ya parece algo extraño, casi anticuado, son formas de expresar que el lenguaje está cambiando. Escenas cotidianas, mínimas, para nada ofensivas y hasta divertidas en algún punto, dejan ver una diferencia enorme en la manera en que nos comunicamos, según la edad que tenemos.
La frase quedó resonando porque decía algo más profundo sobre este momento. Como si usar determinadas palabras, construir frases largas o detenerse a elegir con precisión cómo decir algo empezara a sentirse extraño. Excesivo. Casi fuera de época.
Vivimos rodeados de mensajes breves, audios acelerados, textos escritos a las corridas y conversaciones donde cada vez hay menos espacio para desarrollar una idea. La puntuación desaparece. Las palabras se acortan. El vocabulario se reduce. Y lentamente también parece reducirse algo más difícil de medir: la capacidad de pensar con profundidad aquello que sentimos, vemos o discutimos.
No se trata solamente de leer menos libros. Hay algo más amplio pasando en nuestra relación con el lenguaje.
Cada vez cuesta más sostener la atención sobre un texto largo. Más todavía demorarse en él. Volver atrás. Releer una frase. Dejar que una imagen permanezca un rato en la cabeza antes de pasar a la siguiente. Consumimos resúmenes de novelas que nunca leeremos, podcasts sobre ideas que apenas rozamos y explicaciones rápidas de temas complejos que escuchamos mientras hacemos otra cosa. Todo parece diseñado para que nada nos demande demasiado tiempo ni demasiada concentración.
Y sin embargo, hay experiencias que no admiten resumen.
No se resume el silencio que deja un poema. No se resume la sensación de quedarse pensando en una escena de una novela durante horas. No se resume el modo en que ciertas palabras logran nombrar algo que sentíamos desde hacía años, pero que nunca habíamos sabido decir.
Hay algo profundamente humano en esa práctica silenciosa de leer. En entrar durante un rato en la cabeza de otro. En habitar mundos imaginarios, absurdos, poéticos o imposibles. En seguir personajes complejos, contradictorios, llenos de luces y sombras. Tal vez allí también se ejercita la empatía.
En paralelo, gran parte de las historias que hoy circulan con más fuerza parecen ir hacia otros lugares: relatos cada vez más atravesados por la violencia, la sordidez o la espectacularización constante del conflicto. Como si imaginar futuros luminosos, épicos o simplemente sensibles se hubiera vuelto más difícil.
Y quizás por eso preocupa tanto este proceso que algunos empiezan a llamar “desilustración”: una época donde el acceso infinito a la información convive, paradójicamente, con una relación cada vez más superficial con las palabras y las ideas.
Porque el lenguaje no sirve únicamente para comunicarnos. También sirve para pensar. Para imaginar. Para comprender matices. Para detectar contradicciones. Para discutir sin destruir. Para consolar. Para construir belleza.
¿Cómo se acompaña un dolor sin palabras? ¿Cómo se expresa una esperanza? ¿Cómo se sostiene una conversación profunda si ya casi no toleramos los silencios, los desarrollos largos, las frases complejas, los detalles o incluso los signos de puntuación que ordenan lo que queremos decir?
Tal vez defender la lectura hoy tenga menos que ver con una cuestión cultural y más con una necesidad profundamente humana. La de seguir encontrando palabras capaces de nombrar lo que sentimos, de explicar lo que pensamos y de acercarnos a otros sin reducir todo a mensajes rápidos, respuestas automáticas o emociones simplificadas.
Porque leer también nos enseña a escuchar. A esperar. A interpretar. A entender que no todo puede decirse en una línea, resumirse en un video corto o resolverse sin matices.