En una entrevista publicada por Revista Colegio, la especialista en alfabetización Valeria Abusamra plantea una pregunta especialmente interesante para quienes trabajamos en educación. Si las formas de leer están cambiando, ¿cómo podemos acompañar a nuestros alumnos para que puedan convertirse en lectores capaces de desenvolverse en este nuevo escenario?
La respuesta no parece estar en enfrentar una forma de lectura con otra. Tampoco en asumir que las nuevas generaciones simplemente leen menos. El desafío está en comprender cómo leen, qué necesitan para comprender distintos tipos de textos y qué estrategias les permiten pasar de una lectura rápida y fragmentada a otra más profunda cuando la situación lo requiere.
Uno de los conceptos que atraviesa la reflexión de Abusamra es el valor del tiempo. En una época acostumbrada a la velocidad, la lectura profunda necesita algo que parece cada vez más difícil de encontrar: concentración.
No todos los textos requieren el mismo tipo de lectura. Podemos recorrer rápidamente una noticia, buscar un dato puntual, leer una publicación en redes sociales o detenernos durante varios minutos en una novela, un ensayo o un texto académico. Ser un buen lector también implica reconocer esas diferencias y elegir cómo acercarse a cada texto.
El desafío aparece cuando la lectura fragmentada se convierte en la única manera de acercarse a un texto. Comprender en profundidad requiere poder sostener la atención, seguir un hilo de ideas y establecer relaciones entre diferentes partes de lo que estamos leyendo. Eso nos da la oportunidad de ofrecer a nuestros alumnos algo que muchas veces resulta difícil encontrar: momentos en los que leer no tenga que competir con nada más. Una lectura compartida, algunos minutos de lectura silenciosa, una novela que se continúa durante varias clases o simplemente un libro disponible en el aula pueden generar esas oportunidades.
También podemos enseñar estrategias concretas para acompañar la comprensión. Anticipar de qué tratará un texto a partir del título, formular preguntas mientras leemos, identificar ideas principales, relacionar información, explicar con nuestras propias palabras o volver sobre aquello que no comprendimos son formas de hacer visible el proceso. Leer para aprender también significa leer en Ciencias, en Historia, en Matemática, en Inglés y en cualquier espacio donde los alumnos necesiten interpretar información para construir nuevos conocimientos.
¿Necesito encontrar una información concreta? ¿Quiero comprender una idea? ¿Estoy buscando argumentos? ¿Necesito recordar lo que leí? ¿Quiero disfrutar una historia? Cada propósito puede requerir una estrategia diferente.
Vivimos rodeados de textos. El desafío ya no pasa solamente por acceder a ellos, sino por aprender a orientarnos entre tantas posibilidades. La expresión utilizada por Abusamra, "del ojo que lee al ojo que navega", resulta especialmente gráfica para pensar este cambio.
Cuando leemos en una pantalla, las posibilidades se multiplican. Podemos saltar de un texto a otro, abrir un enlace, mirar una imagen, escuchar un audio, buscar una palabra o pasar rápidamente al siguiente contenido. Esta nueva forma de acercarnos a la información no tiene por qué ser entendida solamente como una pérdida. Es una transformación que plantea nuevas habilidades.
El problema aparece cuando todas las lecturas terminan funcionando de la misma manera. La comprensión lectora se encuentra así con otra competencia fundamental para la educación actual: el pensamiento crítico.
Aprender a navegar por un océano de información también significa aprender a seleccionar, jerarquizar, relacionar y evaluar. ¿Quién escribió esto? ¿De dónde proviene? ¿Qué información falta? ¿Puedo confiar en esta fuente? ¿Qué relación tiene con lo que ya sé?
Quizás uno de los desafíos que tenemos como docentes en este nuevo escenario, sea justamente enseñar a nuestros alumnos a moverse con soltura entre las distintas formas de lectura sin perder la capacidad de detenerse cuando un texto merece ser leído con mayor atención.